David Preciado Martínez y su visión sobre los espacios de trabajo actuales

David Preciado Martínez y su visión sobre los espacios de trabajo actuales

Para el arquitecto David Preciado Martínez, diseñar una oficina corporativa solía ser una ecuación sencilla: contar cuántas personas trabajarían ahí, medir los metros cuadrados disponibles y repartir escritorios, privados, salas de juntas y servicios. Hoy considera que esa forma de entender el espacio de trabajo quedó completamente obsoleta.

Desde su experiencia, la oficina se convirtió en una pieza mucho más compleja dentro de la estrategia de cualquier empresa. El espacio actual debe permitir tanto la concentración como la colaboración, responder a esquemas híbridos, integrar tecnología de manera fluida y ofrecer condiciones impecables de iluminación, acústica y confort, sin perder de vista el crecimiento de la organización y la eficiencia de cada metro cuadrado.

Pero hay un cambio que le parece aún más revelador: la oficina ya no puede darse por sentada. Ahora que gran parte del trabajo puede hacerse desde cualquier lugar, el espacio corporativo tiene que justificar su existencia. Su valor ya no está en tener escritorios disponibles, sino en ofrecer condiciones casi imposibles de reproducir trabajando aislado en casa. Por eso, David ya no ve las oficinas contemporáneas solo como el lugar donde opera una empresa, sino como la infraestructura vital para que funcione mejor.

Un mercado mexicano que no desapareció, sino que maduró

Tras la sacudida del trabajo remoto, se especuló durante un tiempo con la muerte de la oficina tradicional. Pero los datos que David ha analizado recientemente pintan un escenario distinto.

Durante el segundo trimestre de 2026, el mercado de oficinas Clase A+ y A en la Ciudad de México registró una absorción neta acumulada de unos 103,700 metros cuadrados, con una disponibilidad cercana al 20%. La demanda se ha vuelto muy exigente: las empresas buscan espacios acondicionados, flexibles, bien conectados y que cumplan con criterios ambientales y ESG. Otras mediciones del mismo periodo calculan esa absorción en poco más de 131,000 metros cuadrados y señalan que el 41% del nuevo espacio que se entregará en el segundo semestre ya estaba prearrendado. Más allá de las diferencias metodológicas, para David queda claro que el mercado está en plena recuperación y que hay un apetito real por producto corporativo de calidad.

Esta dinámica no es exclusiva de la capital. En Guadalajara, la disponibilidad rondó el 9.4% en el mismo periodo, con rentas promedio de 23 dólares por metro cuadrado al mes; la absorción repuntó y la nueva construcción bajó, una señal, para el arquitecto, de un mercado que ya no se conforma con cualquier cosa. Monterrey muestra una historia similar, con una disponibilidad del 16.9% y una demanda que premia las oficinas acondicionadas y las ubicaciones estratégicas.

Para David, estos números confirman una verdad fundamental: el debate ya no es si las oficinas van a desaparecer, sino qué tipo de oficinas lograrán sobrevivir y ser relevantes. Y eso cambia por completo la forma de proyectarlas.

El dogma del espacio abierto y la necesidad de matices

Uno de los grandes dolores de cabeza de David es cómo ciertas tendencias de diseño se convierten en recetas universales. Hace unos años, parecer “moderno” exigía tirar todos los muros: desaparecieron los privados, surgieron interminables mesas compartidas y se vendió la idea de que la falta de divisiones multiplicaría la colaboración. La intención era buena, pero el problema fue convertirlo en dogma.

Hoy sabe, por experiencia, que colaborar es solo una de las muchas actividades que ocurren en una empresa. Las personas también necesitan concentrarse, tener conversaciones confidenciales, hacer videollamadas, descansar o trabajar horas sin interrupciones. Las investigaciones internacionales le dan la razón: un estudio de 2025 con más de 16,000 trabajadores en 15 países mostró que quienes pueden elegir dónde y cómo trabajar dentro de la oficina sienten que su entorno favorece mucho más su productividad. Datos de 2026 revelan además que dos tercios de los empleados terminan modificando sus espacios por su cuenta para compensar fallas de ergonomía, ruido o falta de privacidad. Si el usuario tiene que arreglar el espacio para poder trabajar, el problema no es el usuario: es el diseño.

Por eso su punto de partida es siempre el mismo: no existe una única fórmula espacial. Una oficina eficiente funciona como un pequeño ecosistema que, según la empresa, debe albergar estaciones de trabajo individual, rincones para la concentración profunda, cabinas para videollamadas, salas para reuniones ágiles, áreas colaborativas, zonas de capacitación, descanso, recepción y espacios técnicos. El porcentaje de cada área no lo debe dictar una moda estética, sino el comportamiento real de la organización. Entender primero cómo trabaja la empresa y luego diseñar el espacio es, para él, la única forma de evitar oficinas que se ven increíbles en la inauguración pero que son un infierno seis meses después.

La distribución, la flexibilidad y el mito del ruido

Hay principios arquitectónicos que para David nunca pasan de moda, y la distribución es uno de ellos. La relación entre las áreas determina si una oficina fluye o se tropieza: los equipos que colaboran deben estar cerca, los visitantes no deberían cruzar zonas sensibles y las circulaciones deben ser lógicas. Cuando una distribución está bien resuelta, parece sencilla, y ahí está precisamente su mayor dificultad: mover un muro en un plano es fácil, pero en obra implica mover iluminación, aire acondicionado, cableado y plafones. Las decisiones pequeñas en el papel tienen consecuencias económicas gigantes en la construcción.

Esta lógica se extiende a la flexibilidad. Las empresas cambian, crecen o se reorganizan, así que David siempre diseña pensando en la empresa que ocupará el espacio mañana, no solo en la de hoy. Esto no significa crear espacios genéricos y aburridos, sino evitar que cada cambio operativo obligue a tirar la oficina. Lo logra mediante la modulación compatible, mobiliario que no siempre necesita estar anclado, instalaciones accesibles, espacios multifuncionales y reservas de capacidad en los sistemas.

Y hablando de sistemas, el confort acústico es una de sus grandes batallas. Eliminar muros no garantiza colaboración; a menudo solo garantiza ruido. El confort acústico debe tratarse como una variable arquitectónica desde el día uno. Combinando materiales absorbentes, plafones adecuados, cabinas y una buena separación entre zonas silenciosas y colaborativas, se logra el verdadero objetivo: crear distintos grados de apertura y privacidad, para que alguien pueda conversar con su equipo y luego concentrarse en silencio sin que el entorno se lo impida.

Luz, tecnología y la experiencia de ir a la oficina

Para el arquitecto, la arquitectura interior no es la etapa donde se eligen colores y muebles; empieza mucho antes. La orientación, la profundidad de las plantas y la fachada dictan cómo entrará la luz natural y cómo funcionará el clima. El aprovechamiento de la luz y los estándares de bienestar, como la calidad del aire o el confort térmico, no son lujos: son el desempeño básico del edificio.

Lo mismo aplica a la tecnología. Las reuniones híbridas evidenciaron el error de diseñar una sala física y luego intentar adaptarla a videollamadas con una cámara pegada en la pared. La acústica, la distancia a las pantallas, la iluminación y los micrófonos son parte del diseño arquitectónico. La tecnología es infraestructura, no decoración electrónica.

Todo esto alimenta un cambio conceptual que fascina a David: la oficina como experiencia. Con el trabajo híbrido, la gran pregunta es qué aporta la oficina que no aporte la casa. Los estudios en México y a nivel internacional muestran que los trabajadores huyen de lo rígidamente corporativo y buscan ambientes con naturaleza, luz, comodidad y creatividad. No se trata de convertir la oficina en un hotel o una cafetería, sino de reconocer que la recepción, los materiales, la vegetación y los espacios sociales construyen una experiencia que empieza antes de que alguien se siente frente a la computadora.

El valor inmobiliario, los usos mixtos y la sustentabilidad real

Cuando David analiza un inmueble desde la perspectiva del valor inmobiliario, busca plantas eficientes sin rincones muertos, capacidad de adaptación para futuros inquilinos, una infraestructura robusta —porque un acabado se cambia rápido, pero subir la capacidad eléctrica es una pesadilla—, excelente conectividad urbana y un verdadero desempeño ambiental. Los criterios ESG ya no son narrativa: son propuesta de valor.

Esto lo lleva a reflexionar sobre los desarrollos de usos mixtos. Mezclar oficinas, vivienda y comercio no es solo apilar funciones en un mismo terreno; requiere una compatibilidad absoluta. Residencia, comercio y hotelería tienen ritmos y necesidades de privacidad muy distintos, y estacionamientos, cargas y accesos pueden ser un caos si no se planifican. Para él, la buena arquitectura de usos mixtos permite la proximidad sin confundir las funciones: un residente no debe sentir que vive en el lobby de una oficina.

En cuanto a la sustentabilidad, David es muy crítico con la visión superficial de los “edificios verdes”. Para él, la sustentabilidad no son solo macetas o paneles solares; es arquitectura pasiva, es preguntarse cuánta energía y agua consume el edificio, cómo se mantiene y si sus materiales afectan el aire interior. Un edificio sustentable no es el que parece serlo, sino aquel cuyo desempeño se puede medir y demostrar.

Los datos, los detalles y la filosofía de un arquitecto

Toda esta complejidad llevó a David a una conclusión: la arquitectura corporativa ya no puede depender solo de la intuición. Antes de proyectar, investiga: necesita saber cuántas personas usan la oficina al mismo tiempo, cuántas reuniones son virtuales, dónde están los cuellos de botella o qué días hay mayor ocupación. Esos datos modifican el programa arquitectónico. Y aunque la oficina se siga midiendo con sensores tras la inauguración, él traza una línea ética muy clara: medir espacios es para entender el edificio, no para vigilar a las personas.

Además, siempre advierte sobre los detalles. Los grandes conceptos no salvan una oficina si la puerta gira al revés, si una silla bloquea el paso, si un contacto quedó mal puesto o si una luminaria refleja en la pantalla. Son problemas minúsculos en el plano que, repetidos por toda la oficina, la destruyen.

Si tuviera que resumir su criterio para abordar un proyecto corporativo hoy, David lo destilaría en cinco ideas: diseñar para las actividades que la gente va a realizar, no solo para contar cabezas; crear variedad espacial, porque tanto el exceso de muros como el exceso de vacío son rígidos; diseñar el cambio desde el primer día, anticipando que la empresa de dentro de cinco años será distinta; integrar desde el inicio la arquitectura, los interiores, las instalaciones y la tecnología, porque una oficina es un sistema único; y medir el desempeño tras la ocupación, entendiendo que la inauguración no es el final, sino el inicio de la prueba real.

El futuro es humano

Al imaginar el futuro, David no cree en la oficina completamente abierta, ni en la totalmente privada, ni en el trabajo 100% remoto. Lo más probable es que convivan múltiples modelos, y por eso la flexibilidad será la cualidad arquitectónica más importante. Veremos edificios que entiendan su propia ocupación y se adapten, mientras la inteligencia artificial modifica cómo trabajamos, potenciando el aprendizaje y la colaboración.

Pero incluso con toda esa tecnología, la finalidad de la oficina seguirá siendo profundamente humana. Seguiremos necesitando lugares para concentrarnos, conversar, crear y aprender: lugares donde las organizaciones construyan vínculos que no existen en el aislamiento.

Para David Preciado, una buena oficina nunca se ha medido por cuántos escritorios caben en ella. La verdadera eficiencia es usar los metros cuadrados para mejorar la forma en que funciona una organización. A veces habrá densidad, a veces silencio, a veces ruido; el objetivo del arquitecto no es llenar el espacio, sino conseguir que cada rincón tenga una razón para existir. Cuando la distribución, la luz, la tecnología y el confort trabajan en armonía, la oficina deja de ser el lugar donde se va a trabajar para convertirse en la herramienta que permite hacerlo mejor. Y esa, en su opinión, es la verdadera esencia de la arquitectura corporativa contemporánea.