Desierto y ecoturismo: lo mejor es no ponerse en riesgo

El desierto es un excelente lugar para poner en práctica una aventura de ecoturismo, aunque siempre con las precauciones necesarias. A pesar de que nos emocione mucho la idea de andar por el mundo de desierto en desierto, debemos recordar que es un sitio donde nos podemos exponer bastante, y si no estamos preparados, podríamos morir. Para que les quede claro el mensaje, les contaré un par de historias verdaderas en el desierto.

La primera trata de Victoria Grover, una mujer de 59 años que salió a dar un paseo por el desierto de Utah y se quedó atrapada en él. Esto sucedió en abril del año 2012, cuando fue a dar una caminata de 10 kilómetros. Resulta que al dar un salto, la mujer se rompió la pierna al caer mal. Imaginen no sólo el dolor de la pierna, sino no poder moverse y tener q arrastrarse. Aparte, la mujer tiene diabetes y no tenía comida en ese momento, ni ropa suficiente para el frío de la noche. Y para terminar de empeorar la situación, no había avisado a nadie que iba a ir al desierto. Lo bueno es que tenía poco de haber tomado un curso para sobrevivir en el desierto, que pudo poner en práctica. Lo primero que hizo fue entablillar su pierna con una rama y su bufanda. Luego, decidió que sería mejor dormir en el día y despertarse durante toda la noche. Al inicio, pudo encender algunas fogatas, pero la pierna le dolía más en esa situación, por lo que mejor la terminó apagando. Después de 4 días, sin comer ni beber, la encontraron con hipotermia, pero pudo salvarse, afortunadamente.

La segunda historia que les contaré es una que se lleva a cabo en el maratón de los sables. En esta carrera, los participantes recorren más de 250 kilómetros del desierto del Sahara, por una semana. Mauro Prosperi es un hombre que hizo la carrera en 1994, pero fue quien la pasó peor que nadie en ese lugar. Poco luego de iniciar, una tormenta de arena le impidió el paso, por lo que se movía poco a poco, durante varias horas, para no quedar enterrado. Luego, la tormenta terminó y él siguió su camino durante un buen rato, hasta que se dio cuenta de que no iba en la dirección correcta. Como no sabía en dónde estaba, decidió que lo primero que debía hacer para sobrevivir era orinar en una botella vacía que llevaba consigo y comenzar a beber su propia orina, pues de otra forma, no tendría nada más que beber. Caminaba por la mañana y la tarde, y a mediodía se escondía de los rayos del sol. Por tres días estuvo bebiendo de su botella, antes de que otra tormenta lo azotara de nuevo. Esta vez la tormenta duró 12 horas. Pudo encontrar un santuario abandonado, donde se refugiaban muchos murciélagos. Capturó un par y se tomó su sangre. Pensó que lo mejor era quedarse ahí, donde existía una posibilidad de que encontraran sus huesos, en lugar del exterior, pues ahí se sepultarían en la arena. Escribió una nota para su esposa donde se despedía de ella y luego se cortó las venas. Sin embargo, la presión de su sangre era tan baja por la poca energía, que no salió lo suficiente para morir antes de que se coagulara. Como no pudo suicidarse, optó por seguir caminando y así siguió durante 5 días más, hasta que, por suerte y gracia divina, se encontró un gran oasis. Ahí lo encontraron unos nómadas que lo llevaron a una base militar, donde pudo recuperarse y volver a su casa, después de 9 días de enfrentarse a lo peor. En esos días perdió 20 kilos y caminó 300 kilómetros en una aventura mucho más extrema que aquella en la que quería concursar.